domingo, 23 de junio de 2013

Primer capítulo

¡Hola otra vez! Como veis, he cambiado el color de la letra par que como dije no sea tan aburrido. Ha pasado mucho, demasiado des de mi primera publicación, y ya tengo tres capítulos y medio. Pero os voy a colgar de momento el primero. Decidme si es muy corto, muy largo, etc. porque creo que es poco y con una letra muy grande. ¡Gracias! Por cierto, me ha hecho gracia poner el título del capítulo al final de éste. ¿Queda bien o no?

                                 CAPÍTULO 1


                              Mis primeros días


En una mañana no muy soleada, estaba yo en una cama con su colchón, su comodidad, sus sueños y su buenísima temperatura. Todo iba muy bien hasta que un día de septiembre sonó el ruido más molesto de la tierra: el despertador a las siete de la mañana. Ese día, aunque era mi primer día de clase, estaba de humor porque estuve castigada un mes del verano sin ver a mi mejor amigo: Sergio. Cuando me levanté desayuné tranquilamente, me lavé tranquilamente, me vestí tranquilamente, y fui a mi primer día de instituto tranquilamente. Llegué unos diez minutos antes de que sonara el timbre, así que me esperé sentada delante del instituto. Al cabo de dos minutos, se oyó la voz de Sergio exclamando:
-         Sandra!!!!!
Era él, todo hecho y derecho, más alto y más delgado desde la última vez que le vi. Se acercó a mí corriendo y abriendo los brazos en forma de “súper-abrazo”. Estuvimos hablando de quién estaría en nuestra clase, algunos vendrían de un colegio, algunos de otro… lo que importa es que sabemos que vamos a estar en la misma clase Sergio y yo. Sonó el timbre de clase y la puerta se entrabancó con tanta gente queriendo entrar. No lo entiendo. Si la gente odia el instituto, ¿por qué están todos tan ansiosos de entrar? En definitivo, entramos en el instituto cuando el barullo de gente disminuyó y la gente estaba en el pasillo hablando con sus colegas de cómo les han  ido las vacaciones.
-         Oye Sandra, y tú, ¿qué has hecho este último mes que no te he visto? – me interrogó para adaptarse al tema de conversación de los demás.
-         Pues… no he hecho nada, solo los deberes a última hora y ya está. ¿Y tú?
-         Hem… pues… - estuvo cavilando durante dos o tres minutos y yo le exclamé:
-         ¡Qué ha pasado aquí! ¡ya se han ido todos a clase! ¡corramos!
Estuvimos corriendo hasta que llegamos a nuestra clase, la del final del pasillo. Abrimos la puerta y estaban un montón de críos nerviosos esperando a que su profesor les dijera donde se sientan. Los dos nos sentamos juntos en la última fila, así que nos pusimos a hablar:
-         Bueno… ¿Qué has hecho este verano?
-         Es verdad, no te lo he podido decir. La verdad, es que lo único que he hecho es pensar en…
-         Buenos días alumnos. - Le interrumpió el profesor. – Me llamo Alberto García y voy a ser vuestro tutor durante este curso. Ahora os pondré el horario en la pizarra y lo copiaréis en la primera página de vuestra agenda, en la parte del horario.
Después de que nos lo dijera y lo copiáramos, dimos una vuelta por el instituto para poder verlo y nos fuimos al patio a almorzar.
Cuando el primer día de instituto acabó, nos fuimos a casa a comer y contarnos cómo estábamos Sergio y yo por teléfono.

Al día siguiente empezó como otro día de clase: aburrido y lento. A primera hora me tocaba tecnología, donde la profesora nos explicaba como debíamos usar el material de bricolage, aunque yo lo aprendí con el “Bricomanía”.
A segunda hora nos tocó castellano, con un profesor que parece majo su primer día, pero sólo el primer día.
En la última hora antes del patio tocaba mates, pero su profesora no vino, así que pudimos salir al patio diez minutos antes de la hora.
Fuimos Sergio y yo a sentarnos en un banco del instituto y, por fin, le pude preguntar:
-         Ahora que por fin podemos, dime que estabas diciendo, que estabas pensando en… ¿qué?
-         Pues estaba pensando en… ¡Ay! ¿qué era? ¡Ah sí! Estaba pensando en una chica.
-         ¿Y quién es? – el corazón me latió a mil por hora, porque confieso que desde que teníamos seis años, desde que fuimos amigos, estoy enamorada de él.
-         Pues es…
-         ¡Hombre Sergio! – se oyó un chillido masculino desde tres metros delante suyo - ¿Qué tal? ¿Cómo te han ido las vacaciones? ¿Sigues pensando en ella?
-         ¡Hola Álvaro! Pues bien, estoy bien. Sigo pensando en esa chica, pero no la voy a decir hasta que ella y yo estemos a solas. – confesó, señalándome con la cabeza.
-         Ah vale, pues os dejo a solas. Adiós.
-         Adiós.
Él me cogió del brazo y me llevó a la biblioteca, donde todavía nadie se atreve a entrar porque es su primer día y prefieren estar con la multitud. Entramos en la biblioteca y me hizo sentar.
-         ¿Para qué me llevas aquí? – me ilusioné porque a lo mejor me decía lo que yo sentía por él: amor.
-         Quiero hablar contigo a solas: me gusta una chica desde hace un año y quería decirte que es… - el corazón pasó de mil pulsaciones a dos mil, de dos mil a tres mil. – La chica es… Julia.
El corazón se paso de tres mil a mil, de mil a cien, de cien a cincuenta, y de cincuenta a cero, el corazón se paró y se partió en dos trozos. El chico que me gusta desde hace seis años me ha confesado que le gusta otra chica. Sonó el timbre de volver a clase, así que caminamos juntos hasta ahí, él con alivio de confesar su secreto a su amiga, pero yo estaba fingiendo la mía.
Llegamos a clase y pasamos las tres últimas horas trabajando como burros, y yo siendo uno al haberme esperanzado con el chico que me gusta.

Esa tarde me fui a casa y no respondí ni a sus llamadas ni a sus mensajes diciendo: “¿Qué te pasa?” “¿Por qué no respondes a mis llamadas?” etc.
Lloré y lloré hasta que se me acabaron las lágrimas y llamaron a la puerta. Fui con una bata y el pelo enredado a abrir cuando me encontré con Sergio con una cara de preocupado. Le cerré la puerta de golpe pero él la paró con la mano e hizo fuerza para poder entrar. Yo estaba tan floja que él me pudo y entró. Me fui corriendo a mi habitación y cerré la perta con pestillo.
-         ¡Sandra! ¿Qué te pasa? Déjame entrar. No sé que te he hecho, pero lo siento. Bueno, si cambias de opinión, te quería decir que necesito preguntarte una cosa. Te espero en mi casa.
Preferí quedarme en i casa, ya que estoy sola y puedo hacer lo que quiera. Me bogí una tarrina de helado de vainilla y me quedé llorando en el sofá. En resumen, he tenido malos mis primeros días.